LINA (O DE LA ALEGRÍA)

 

Nos tomamos un par de capuchinos en la Recoleta de San Diego, al frente de la Biblioteca Nacional. La bulla del lugar nos sacó espantados y debimos buscar refugio. La entrevista terminamos haciéndola en una cómoda sala, cortesía de unos viejos conocidos. Me contó que bailaba música tradicional y que estudiaba para ser docente —risas—. Se acomodó en una poltrona y sólo dejó de hablar cuando sonó el timbre de mi celular (consejo: use el celular para grabar, pero déjelo en modo avión).

Su historia le puso sangre, sudor y lágrimas a los datos que hacía apenas unas horas atrás había repasado al escuchar la grabación de Kristell. Era la parte humana, la carne y el hueso, la que aparecía de golpe en este reportaje. Lina había soñado siempre con que llegara ese día en que sería alisada, su cumpleaños número 14. ¡Quedó espectacular! —risas—, toda su familia se alegró porque ese pelo ya no lo iban a volver a ver. ¿Pero qué tenía de malo el pelo? Pues eso… Era malo… ¿El pelo? Sí. Mmm. ¿Tu pelo? Sí, yo tenía pelo malo.

Bueno, tremendo descubrimiento, tenía frente a mí a una mujer que no sólo sabía el significado del pelo malo, sino que lo había tenido en su cabeza durante 14 años. Pero Lina me corrigió: aún tenía ese mismo pelo… pero ya no era malo. ¿Cómo así? Pues sí. Comenzó a contarme cómo fue, durante varios años, a alisarse el pelo y a exponerse a los químicos para quedar linda —risas—. Su experiencia con el alicer era de amores y odios. Pero las quemaduras y las llagas en el cuero cabelludo no eran lo peor, era el bullying al que sería sometida por parte de sus familiares y vecinos si no se alisaba esas mechas —risas—. ¿O sea que ahora ya no tienes el pelo malo por haberlo alisado? ¡No! ¿Entonces? Todavía tengo el pelo malo… pero ya no es malo. Mmm. Mejor dicho: ya no me aliso, porque aprendí que mi pelo natural no es malo… ni bueno… es sólo pelo.

Impresionante, otro descubrimiento para mí. La cosa se ponía cada vez más peluda, literalmente. Si con Kristell me enfrenté a un tema desconocido y muy interesante, con Lina me enfrenté a un tema conocido pero incomprensible. Así es. Una cosa es que te quieras ver linda y que hagas unos cuantos sacrificios para que así sea: ahorrar dinero para un buen salón de belleza, cuidarte el pelo con algún producto después de que te lo peinen y no dejar que se te moje (tengo hermanas, de ahí los datos). Pero otra cosa es que te expongas cada 15 días a unos químicos que hieren tu cuerpo y te causan tal grado de dolor que te llevan a las lágrimas. ¿No? Sí. ¿Entonces? Uno no quiere tener el pelo malo. Terrible.

Lina me dejó claro que el tema era mucho más complejo de lo que yo creía. De esta forma el pelo de las mujeres negras pasó de ser un tema interesante a un asunto trascendental. Me preguntaba cómo era posible que un procedimiento de tales características se llevara a cabo sin que nadie la cuestionara. Kristell me había dicho que era tan común que ni remotamente se consideraba la idea de discutir sobre el particular.

Pero lo que me contaba Lina me hacía pensar que mi investigación debía contemplar entrevistas con mujeres que sí cuestionaran el por qué de la naturalización de esta práctica dentro de las comunidades negras. Compartí esta idea con ella y me dijo que precisamente ella había dejado de alisarse después de que comenzó a conocer la historia de sus ancestros africanos, la verdadera historia. ¿Cómo así? Pues no la historia que te cuentan en el colegio de que tus antepasados caminaban con cadenas y trabajaban a cambio de nada de sol a sol en las plantaciones de algodón, o aquella sobre cómo violaban a las mujeres en las haciendas porque eran propiedad del amo, ni la de los niños azotados por comerse un pan sin el permiso de los señores de la casa.

¿Cuál historia es la verdadera? La de hombres y mujeres que, después de ser obligados a salir de sus hogares y de sus tierras para montarse en un barco como ganado y viajar durante meses en condiciones inhumanas hasta el otro lado del mundo, lucharon para alcanzar su libertad y la de sus familias. Esa historia. Lina tenía razón, yo conocía ambas historias, lo que no sabía era que la primera versión le causaba tanto daño a los niños y jóvenes negros que crecían escuchándola durante toda su vida.

Entonces yo también me sentí engañado. En ese momento me di cuenta de que debía incluir un aparte que hablara sobre la historia del pueblo negro, de lo contrario el reportaje se quedaría en una anécdota exótica: las mujeres negras se queman la cabeza para alisarse el pelo. Nada de eso. El asunto era mucho más delicado, más preocupante; sobre todo porque tampoco Lina parecía darse cuenta de que lo que me contaba acerca de su cotidianidad en los salones de belleza y las peluquerías era, por un lado, algo absolutamente desconocido para mí y, por otro, una práctica que ponía en riesgo su integridad física. Por eso escribí en mi cuaderno de apuntes: “OJO: llamar cuanto antes a Emilia para cuadrar un viaje a Cali. ¡URGENTE!”, si no era Emilia ¿quién? Quería escuchar su versión de la historia negra. Pero eso iba a pasar después, en ese momento me interesaba saber por qué razón específica Lina se había dejado de alisar el pelo. Su respuesta fue categórica: “Porque me di cuenta de que estaba usando las trenzas como un medio para poderme alisar una y otra vez y de ese modo estaba traicionando la memoria de mis ancestros”. ¡¿Qué?! Sí —risas—. ¿Por qué? Porque hace siglos las mujeres utilizaron las trenzas para dibujar mapas de escape en las cabezas de las niñas y los niños. Tremendo. Por eso en febrero del año pasado me compré unas tijeras y ¡sin dudarlo! me corté todo el pelo liso —risas—. Después me habló de Black Power, Black is beautiful y las Panteras Negras. Había conocido estos movimientos estudiando en la universidad y también gracias a su participación en grupos de apoyo para mujeres que tenían problemas con su pelo… ¿Cómo? ¿En serio? ¿Grupos de apoyo? Sí —risas, risas y más risas—. Me vi obligado a anotar en mi cuaderno: “Grupos de apoyo”. ¿En dónde están esos grupos? En internet. ¿Redes sociales? Facebook, YouTube… Yo tengo un canal que se llama “La rola”. ¿En serio? Sí. ¿Por qué “La rola”? Porque nadie cree que soy de Bogotá —risas—. ¿Por qué? Por el color de mi piel, por mi raza, por mi pelo. ¿Qué te dicen? Que si soy de la costa, de Cali… ¿Y tu acento bogotano? Eso es lo de menos, ni se dan cuenta —risas—. Lina estaba cansada de que le preguntaran de dónde era sin razón alguna… aunque sí había una: ser negra. Definitivamente el proyecto me estaba apasionando, se comenzaron a entrecruzar temas como raza, género, racialización, historia… Lina me dejó muchas tareas entre manos.