KRISTELL (O DE LA GENEROSIDAD)

 

Llegué a ella una tarde lluviosa de viernes bogotano. Ya había iniciado la presentación de “Trenzando la identidad: cabello y mujeres negras”, su tesis para optar por el título de magíster en Antropología de la Universidad Nacional de Colombia. Entré in media res y traté de entender de qué se hablaba. El salón estaba repleto y sobresalía la presencia de varias mujeres negras.

Esa tarde gris, húmeda y fangosa, fue maravillosa. Mujeres con turbantes a mi derecha, dos más con el pelo afro al frente y, en el centro del lugar, un círculo conformado por la expositora y sus maestras, una suerte de anillo del saber. Los jurados del trabajo de grado bombardearon a la maestranda con una batería de artillería académica pesada; ella se defendió con decoro y salió avante con su argumentación que, en resumidas cuentas, se centraba en validar la importancia del tema de estudio escogido, es decir: del pelo, pues parecía que en el entorno académico no se consideraba un asunto digno de abordar científicamente. Al término de la sustentación me presenté ante Kristell y le comenté mi interés en entrevistarla para la realización de mi trabajo de grado; ella, con una sonrisa afable, me dijo que sí y me dio su número de teléfono.

El restaurante quedaba sobre la calle 53 cerca de la carrera 19, ya no recuerdo bien. Llegamos allí después de infructuosos intentos por hallar un sitio silencioso para que el sonido de la entrevista quedara con buena calidad. Subimos al segundo piso del lugar y comenzaron los problemas técnicos: un hombre no dejaba de martillar en el edificio del lado; bajar al primer piso no era una opción porque allí había mucha gente y los parlantes sonaban bambucos y guabinas a un volumen que podría interferir con la grabación y nuestra comodidad auditiva. Pero allí estábamos. Encendí mi equipo de grabación, una Zoom H4n a la que conecté un micrófono de solapa, me puse unos audífonos para monitorear el volumen, la calidad del sonido y que, efectivamente, se estuviera realizando la captura del audio. Además, abrí la aplicación de grabador de sonido en mi celular, por si acaso, de este modo aseguraba una copia de respaldo por si se descargaban las baterías de la grabadora o se estropeaban los archivos de la memoria SD. Pedí a Kristell que me ayudara a ponerse el micrófono y, después de algunas pruebas de sonido, comenzó la entrevista.

El discurso de esta mujer estaba cargado de tecnicismos propios de las ciencias sociales y su tono evidenciaba una suerte de seguridad en el abordaje del tema, algo muy característico del ámbito académico que le daba al contenido de su narración un peso científico que resultaba muy interesante. Por otro lado, su acento costeño —cartagenero— le agregaba mucho sabor a lo que decía; detalle que, a futuro, no resultaría menor, pues fue la primera señal que mi percepción interpretó como un posible norte a seguir para contar de manera poderosa la historia que comenzaba a esbozarse ante mis oídos, me refiero, por supuesto, al podcast. Escuchar a Kristell hablar del concepto “mujer-pelo-mundo”, de la “interseccionalidad entre las categorías raza-clase-género”, la “Teoría crítica de los afectos” y el “pelo como un elemento que te permite entender la forma como la mujer negra lee la realidad”, me pareció deslumbrante y, de nuevo, me hizo pensar seriamente en la necesidad — ya no posibilidad— de que su voz fuese escuchada. Cuando me refiero a “su voz”, literalmente hablo del sonido de sus palabras, de su manera de contar las cosas, de la narrativa construida por su intelecto y de las inflexiones que intensificaban y multiplicaban los sentidos de la argumentación que utilizaba para exponer sus ideas. Transcribir esto en un reportaje escrito me parecía casi irresponsable, pues los acentos, matices y juegos que permite el lenguaje oral se perderían o disminuirían significativamente en la transcripción del audio a texto.

El contenido de la narración de Kristell evidenciaba un ejercicio de análisis crítico y profundo frente a problemáticas sociales padecidas por las comunidades negras que, cada vez más, me convencían de que debía investigar a fondo las diferentes aristas que se desprendían y, a su vez, conformaban el tema de mi trabajo periodístico: el pelo de las mujeres negras. Fue en esta charla con Kristell que escuché por primera vez algunos términos, como “pelo malo”, “pelo bueno”, “alicer” y “transición”, que no solo resultarían fundamentales para el desarrollo de la estructura de contenidos del reportaje, sino que, también, evidenciaban un hecho del cual no parecía estar consciente mi entrevistada y aumentaba mi interés en el proyecto: la naturalidad con la cual se refería estos conceptos, como si fuesen cotidianos y por ello no necesitaran ser explicados. Evidentemente, estas nociones estaban muy alejadas de mi entorno habitual y por ello resultaba atractivo darlas a conocer; pero también era importante sacarlas a la luz porque representaban o estaban vinculadas a una realidad oculta para muchos, si se quiere, para la mayoría, pues afectan a una minoría: la población negra, y dentro de esa minoría a una población vulnerable: las mujeres.

Todo esto me quedó claro al final de mi conversación con Kristell, quien compartió sin reservas sus conocimientos y los resultados de su investigación —me envió su tesis esa misma tarde—, además, me ofreció servir como puente para poder entrevistar a algunas de las participantes de su investigación.